jueves, 15 de enero de 2015

No sé.

Desde que volví no puedo evitar quedarme en la cama, mirando a la oscuridad de mi habitación y pensando en el fuego que emerge del contacto de nuestros cuerpos.
No puedo dejar de pensar en ese momento en el que por fin consumaste ese deseo de hacer colisionar tus labios contra los míos mientras yo solo podía tratar de asimilar que todo lo que ansiaba al fin se estaba convirtiendo en realidad.

Estaba tan asustada, tenía tanto miedo.

Pero ahí estabas tú,con esa expresión inocente, agarrando mi mano, jugando con tus dedos entre mi pelo. Era verdad. Nuestro reflejo en aquel espejo roto era tan precioso que mi única forma de responder fue echarme a llorar.
Y ahora que estoy aquí sola, tumbada en esta cama que no es la tuya y con la única compañía del sonido de las agujas del reloj, sin que las yemas de tus dedos puedan secar las lágrimas que recorren mis mejillas, sin que tu cuerpo se sitúe tan próximo al mio que pueda notar como brotan esas innumerables chispas de deseo, sin poder acariciar tu piel con mis manos, sin poder besar cada rincón de tu cuerpo y no ser capaz de recordar el número exacto de los lunares de tu espalda puedo sentir a la perfección como me hundo.

Puedo notar como todo se va, se desvanece, se apaga muy rápido y casi se muere.

martes, 13 de enero de 2015

Su cuerpo.

Aún no ha llegado ningún cielo estrellado al que no hayan seguido mis recuerdos contando dentro de mi cabeza una y otra y otra vez cada una de las marcas que decoran su piel, cada uno de esos puntitos que recorren la longitud de su espalda los que mis finos labios parecían haber establecido algún tipo de conexión mágica cuyo origen desconozco.

Aún no he tratado de cerrar los ojos mientras tan solo estas sábanas pueden observarme sin que el más mínimo detalle golpee cada rincón de mi cuerpo contándome por quinta vez esa noche lo bello que puede llegar a ser el hecho de poder contemplar ante mis ojos su rostro a una distancia casi inexistente, tal que te permite analizar esa mirada tan dulce que durante tanto tiempo había podido imaginar a la perfección.

Aún no ha llegado ninguna madrugada en la que no me queme la simple ausencia de su aliento en el mío, la de sus palabras en mis oídos.

Aún puedo sentir exactamente como sus manos se deslizan suavemente por mi cuello.